La pérdida de biodiversidad en México y en toda América Latina ya no es una advertencia a futuro: es un colapso documentado. En los últimos 50 años, las poblaciones de fauna silvestre en la región cayeron 95%, la tasa más alta del mundo, según el Informe Planeta Vivo 2024 de la WWF. Y México, uno de los países más ricos en especies del planeta, está justo en el centro de esa crisis.
¿Qué dice exactamente el reporte?
El Informe Planeta Vivo 2024 de WWF México es contundente: a nivel global, el tamaño promedio de las poblaciones de mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces cayó 73% entre 1970 y 2020. Pero en América Latina y el Caribe el número sube hasta un 95%, haciendo de nuestra región la que más rápido pierde vida silvestre en todo el mundo.
El análisis se basa en el seguimiento de casi 35,000 tendencias poblacionales de 5,495 especies. No es un modelo teórico: son décadas de datos reales sobre animales reales que desaparecen.
Las especies de agua dulce son las más golpeadas, con una caída del 85%. Las terrestres cayeron 69% y las marinas, 56%. Y dentro de todo ese panorama, los peores números están en este lado del mundo.
¿Por qué la pérdida de biodiversidad en México importa tanto?
Porque México no es un país cualquiera en este tema. Según la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), nuestro territorio alberga alrededor de 200,000 especies, lo que representa entre el 10 y 12% de toda la biodiversidad del planeta. Somos el quinto país más megadiverso del mundo.
Somos hogar del ajolote, el jaguar, la vaquita marina y la guacamaya roja, entre cientos de especies endémicas que no existen en ningún otro lugar del planeta. Y muchas de ellas están en cuenta regresiva.
Según la norma oficial NOM-059-SEMARNAT-2010, ya hay 2,606 especies en riesgo en México, de las cuales 475 están clasificadas como en peligro de extinción. Esto no es estadística abstracta: es la diferencia entre que tus hijos vean un jaguar o solo lo conozcan por fotos.
¿Qué está causando el desplome?
Las causas no son misteriosas. El reporte las nombra directo: pérdida y degradación del hábitat, sobreexplotación de especies, introducción de especies invasoras, contaminación y, claro, el cambio climático. En América Latina, la reconversión de bosques, pastizales y humedales en tierras agrícolas y ganaderas es el motor principal del colapso.
El Amazonas ya perdió alrededor del 15% de su superficie y los científicos advierten que si se supera el umbral del 20-25%, el sistema puede alcanzar un punto de inflexión irreversible: las condiciones dejarían de ser aptas para la selva tropical. Lo que pasa en el Amazonas no se queda en Brasil; afecta los patrones climáticos de toda la región, incluido México.
Como señala el Centro de Reflexión sobre la Universidad Iberoamericana (Centrus IBERO), la crisis climática y la pérdida de biodiversidad no pueden atenderse como fenómenos separados. Son la misma crisis con dos caras.
¿Y a mí qué me importa la pérdida de biodiversidad en México?
Buena pregunta. Empieza por lo más básico: el agua que tomas, el aire que respiras y la comida que comes dependen de ecosistemas funcionales. Los polinizadores sostienen la agricultura. Los bosques regulan el clima local. Los humedales filtran el agua. Cuando desaparecen las especies, se van llevando esos servicios con ellas.
Hay algo más que pocas personas conectan: la destrucción de hábitats naturales y el contacto forzado entre animales salvajes y humanos es uno de los principales factores de riesgo para la aparición de nuevas enfermedades zoonóticas. La biodiversidad no es un lujo ambiental, es infraestructura de salud pública. Es el mismo debate de fondo que aparece en conversaciones sobre el futuro de la medicina y los derechos sobre la propia vida, como el que rodea a la Ley Trasciende y los antecedentes jurídicos de la eutanasia en México: en ambos casos, la pregunta de fondo es quién decide sobre la vida y quién paga las consecuencias de no actuar a tiempo.
¿Qué se puede hacer?
El informe no es solo un diagnóstico: es un llamado. Las soluciones existen y están documentadas: conservar y restaurar ecosistemas, reducir emisiones, eliminar subsidios que incentivan la destrucción de hábitats, y cambiar los sistemas alimentario, energético y financiero que alimentan la crisis.
México tiene herramientas institucionales: el Sistema Federal de Áreas Naturales Protegidas abarca más de 90 millones de hectáreas, casi el 33% del territorio terrestre y marino nacional. Pero la protección en papel no es lo mismo que la protección real. Las ANP necesitan presupuesto, vigilancia y comunidades locales involucradas, no decretos que se archivan.
El 95% de colapso en América Latina no llegó de la noche a la mañana. Llegó decisión por decisión, tala por tala, política por política. Y eso significa que también puede revertirse, decisión por decisión. La pregunta es si vamos a esperar a que no quede nada para tomarlo en serio.




