El Paso de Cortés podría dejar de llamarse así. La presidenta Claudia Sheinbaum propuso el 9 de agosto cambiar el nombre de este histórico paraje —ubicado entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, en Puebla— por «Paso de los Pueblos Indígenas», argumentando que ese territorio pertenece a los pueblos originarios mucho antes de que Hernán Cortés pisara suelo mexicano.
Qué pasó y dónde: el contexto del anuncio del Paso de Cortés
La propuesta no salió de la nada ni de un decreto silencioso. Sheinbaum la lanzó en plena Jornada Nacional de Reforestación 2026, frente a comunidades indígenas en el Ejido de Santiago Xalitzintla, San Nicolás de los Ranchos, Puebla, dentro del Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl. El timing tampoco fue casual: el 9 de agosto es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.
Ahí, con los volcanes de fondo y rodeada del gobernador Alejandro Armenta y brigadistas voluntarios, la mandataria soltó la frase que ya recorre redes: «Este día les propongo que dejemos de llamar Paso de Cortés a este territorio, porque por aquí pasaron los pueblos mucho antes».
Ese mismo día también firmó el decreto que institucionaliza la Jornada de Reforestación como evento anual permanente, fijando el segundo domingo de agosto como fecha oficial.
Por qué el nombre «Paso de Cortés» es exactamente lo que dice: un nombre de Cortés
La historia es directa: el lugar lleva ese nombre porque Hernán Cortés lo cruzó en 1519, saliendo de Cholula con más de 4,000 hombres rumbo a México-Tenochtitlan. Fue una jugada militar para tomar a los mexicas por sorpresa, evitar emboscadas y, de paso, lucirse subiendo al Popocatépetl.
Pero el lugar existía mucho antes. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) documenta que el paraje era conocido antes como Tlamacaxco, que en náhuatl significa «Paso de Arriba». También fue llamado Cuauhíchcac («tajón del águila») y era un punto comercial y ritual de primer nivel para los pueblos de la región. O sea: Cortés llegó tarde a una fiesta que ya llevaba siglos.
La vialidad en cuestión es técnicamente la carretera Amecameca-San Nicolás de los Ranchos, que conecta Puebla y Cholula con el Parque Nacional Izta-Popo, a más de 3,600 metros sobre el nivel del mar.
Ojo: es propuesta, no decreto — el nuevo nombre del Paso de Cortés no es oficial aún
Aquí va el dato que varios titulares están omitiendo: hasta el momento de publicar esta nota, esto sigue siendo una propuesta presidencial. No existe ningún acto administrativo que formalice el cambio. La denominación «Paso de Cortés» sigue apareciendo en la información oficial de la CONANP y en la señalética del parque.
Para que el cambio sea real necesita un proceso formal —ya sea vía decreto federal, acuerdo con el gobierno de Puebla o modificación en registros oficiales—. Sheinbaum lo planteó como un llamado colectivo, no como una orden ejecutiva. Eso importa.
Por qué te importa el debate sobre el nombre del Paso de Cortés
Más allá del simbolismo, esta propuesta abre varias preguntas que van a seguir resonando:
¿Cambiar nombres transforma realidades? México lleva años en este debate. En 2021, el entonces jefe de gobierno de CDMX rebautizó el Puente de Alvarado como «México-Tenochtitlan» y la «Noche Triste» pasó a llamarse «Noche Victoriosa». Son gestos de memoria histórica, pero los pueblos indígenas también enfrentan problemas muy concretos: acceso al agua, tierras, presupuesto para comunidades. El renombre no resuelve eso solo.
¿Y la reforestación? Que no se pierda de vista lo que también ocurrió ese día: la Jornada Nacional de Reforestación movilizó a 235 mil personas en 32 estados para plantar 6.6 millones de árboles y plantas de 302 especies en más de 32 mil hectáreas, según cifras de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural. La propuesta del nombre acaparó reflectores, pero la jornada ambiental es la acción concreta del día.
Este tipo de movimientos del gobierno federal también tienen eco local. No es la primera vez que Sheinbaum impulsa una agenda con tintes de soberanía territorial y reconocimiento indígena que aterriza en decisiones de coordinación entre órdenes de gobierno —como cuando Brugada propuso una Policía Metropolitana entre CDMX, Edomex, Hidalgo y Morelos, otro ejemplo de cómo las decisiones del centro irradian hacia los estados.
El historial: Sheinbaum y la memoria de la Conquista
Esta propuesta encaja en una línea política que la presidenta ha sostenido desde antes de llegar a Palacio Nacional. En octubre de 2024, a días de asumir el cargo, volvió a plantear que España debería ofrecer una disculpa formal por los abusos de la Conquista. Y en su gobierno, el 12 de octubre se enmarca cada vez más como fecha de reconocimiento a los pueblos originarios, no como «Día de la Raza».
El caso del Paso de Cortés es, en ese sentido, consistente con esa narrativa. Y también conecta con la agenda de derechos que Sheinbaum ha tejido desde otros frentes —incluyendo compromisos pendientes como el caso Ayotzinapa, donde su gobierno sigue bajo presión de la CNDH y de los propios familiares.
¿Qué sigue?
Nada cambia de un día para otro. Si el gobierno federal quiere formalizar el nuevo nombre, tiene que mover burocracia real: acuerdos con Puebla y Estado de México, actualización en registros de la CONANP, señalética, mapas oficiales. No es imposible, pero no es automático.
Lo que sí ya cambió es el debate. «Tlamacaxco» ya está sonando en conversaciones que antes no lo mencionaban. Y eso, aunque parezca poco, es exactamente para lo que sirven este tipo de propuestas: poner sobre la mesa quién nombra los lugares y por qué eso importa.




