Sheinbaum dice que no hay represión: ¿cuánto aguanta ese argumento?

Sheinbaum garantizó libertad de expresión en México un día antes del 2 de octubre. Analizamos qué tan sólido es ese argumento y qué no dijo.

Un día antes de que se cumplan 58 años de la masacre de Tlatelolco, la presidenta Claudia Sheinbaum usó su mañanera del 1 de octubre de 2026 para mandar un mensaje claro sobre la libertad de expresión en México: su gobierno no reprime, no censura, y si alguien dice lo contrario, está mintiendo. Así de tajante.

Qué dijo exactamente Sheinbaum

En su conferencia desde Palacio Nacional, Sheinbaum fue directa: «No hay represión desde el Estado mexicano, de ningún tipo, por más que quieran decir que ‘no hay libertad de expresión’, ‘que se coarta la libertad’, es absolutamente falso.»

Para reforzar su punto, la presidenta usó como ejemplo que un evento de la derecha internacional se estaba realizando en la Ciudad de México sin ningún impedimento, como prueba de que hay apertura real.

También descartó que haya elementos del Ejército infiltrados en movimientos sociales, uno de los señalamientos más frecuentes que hacen organizaciones civiles y colectivos de derechos humanos contra su administración.

La comparación con Salinas: un argumento que tiene truco

Sheinbaum también trajo a colación el pasado para contextualizar. Señaló que con Carlos Salinas de Gortari hubo más de 500 asesinatos por motivos políticos que nunca fueron esclarecidos, y que eso no ocurre ahora.

El argumento es real: el México de hoy no es el México del PRI duro ni del periodo neoliberal en términos de represión directa desde el Estado. Eso es cierto. Pero usar como barra de éxito «no somos tan malos como Salinas» es un estándar bastante bajo, y organizaciones como Artículo 19 llevan años documentando que la la llamada «Ley Censura» y otras presiones estructurales sí representan riesgos reales para la libertad de expresión en México, aunque no vengan en la forma de tanques en la plaza.

Y sobre los asesinatos políticos: la presidenta declaró que si llegaran a ocurrir por acción de las fuerzas del Estado, habría sanciones. Una promesa condicional que, por su propia naturaleza, es difícil de verificar antes de que algo pase.

El contexto del 2 de octubre: por qué estas declaraciones no son casuales

La marcha del 2 de octubre es uno de los eventos de movilización social más importantes del calendario político mexicano. Este año, el Comité 68 Pro Libertades Democráticas convocó a organizaciones estudiantiles, sindicales y sociales a concentrarse desde las 16:00 horas en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, con ruta hacia el Zócalo capitalino.

Entre los contingentes previstos están estudiantes de la UNAM, del IPN y familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos. No es una marcha menor. Y justo por eso, las declaraciones de Sheinbaum el día antes tienen una función política específica: posicionarse como gobierno que no teme a la protesta, que la tolera y hasta la abraza discursivamente.

El detalle incómodo: el Palacio Nacional amaneció blindado con vallas metálicas el lunes de la misma semana. El gobierno dice que es para proteger a los manifestantes de posibles actos de vandalismo, no para intimidarlos. La diferencia entre ambas lecturas dice mucho sobre cómo se percibe la relación entre el gobierno de la 4T y la protesta callejera.

Por qué te importa la libertad de expresión en México hoy

Porque el 2 de octubre no es solo historia: es el recordatorio anual de que el Estado mexicano sí ha usado la violencia sistemática contra sus propios ciudadanos. Y aunque el gobierno actual tiene razón en que ese nivel de represión directa no existe hoy, eso no cierra el debate.

La libertad de expresión en México enfrenta presiones que no vienen con tanques sino con leyes ambiguas, con acusaciones de «preguntas tendenciosas» en conferencias de prensa —como ocurrió en la propia mañanera del 1 de octubre— y con un ecosistema mediático donde los medios afines al gobierno tienen más acceso y recursos que los independientes.

Sheinbaum también señaló públicamente su rechazo a los actos de vandalismo ocurridos durante las protestas, incluyendo el ataque a una estatua de Felipe Calderón y el ingreso de manifestantes a Los Pinos: «No estoy de acuerdo con ningún acto que represente violencia, ninguno.» Una postura que muchos en la izquierda leerán como distancia de la protesta más radical, y que otros leerán como congruencia democrática.

Lo que Sheinbaum no mencionó: la presión a gobernadores

En semanas recientes, la presidenta ya había tenido que salir a pedirles a gobernadores del país que respeten el derecho a manifestarse, luego de que en Chihuahua se colocaron carteles para impedir que llegara gente a una protesta. Que el llamado haya sido necesario ya dice algo: la libertad de expresión en México no depende solo de lo que diga la presidenta, sino de lo que hagan decenas de autoridades estatales y municipales que no siempre están en la misma página.

Y en ese terreno, el del manejo político de gobernadores problemáticos como el caso de Rocha Moya en Sinaloa, el discurso de «total libertad» se complica bastante cuando aterriza en la realidad local.

¿Convence el argumento?

Depende de a quién le preguntes. Para quienes vienen del México priista o del sexenio de Calderón, la diferencia es palpable y genuina. Para activistas, periodistas independientes y organizaciones de derechos humanos que trabajan en el día a día, el panorama es más gris.

Lo que sí queda claro es que Sheinbaum llegó a la víspera del 2 de octubre con un mensaje construido: somos el gobierno que nombramos al culpable del 68, que permite marchas, que no reprime. Si ese relato sobrevive el 2 de octubre sin incidentes graves, habrá cumplido su función política. Si no, la mañanera del 3 de octubre va a estar muy movida.

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